Material complementario de la sesión del 20 de diciembre de 2017

¿Cómo nos hacemos docentes?

A la memoria de los periodistas asesinados, ¡justicia ya!

Decía Octavio Paz que las vocaciones son misteriosas y se preguntaba: “¿por qué aquel dibuja incansablemente en su cuaderno escolar, el otro hace barquitos o aviones de papel, el de más allá construye canales y túneles en el jardín o ciudades de arena en la playa, el otro forma equipos de futbolistas y capitanea bandas de exploradores, o se encierra solo a resolver interminables rompecabezas? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Lo que sabemos es que esas inclinaciones y aficiones se convierten, con los años, en oficios, profesiones y destinos”.

La profesión docente no escapa a este misterio. Habrá algunos que se convirtieron en maestros porque no había de otra, porque la tradición familiar así lo marcaba o porque algo les reveló cierta vocación. Pero no seamos presuntuosos, la existencia humana no es “cabalmente inteligible”, como bien diría Pablo Latapí Sarre. Para muchos, elegir algo sustancioso implica transitar por múltiples caminos y caer en contradicciones. Yo puedo aspirar a alguna cosa, pero mi vocación no revelada me conduce por otros senderos. ¿Cómo salir de este enigma? Quizás experimentando cosas distintas y probando actividades diferentes. La vocación puede entonces no ser sólo una revelación, sino la construcción de un camino basado en la experiencia.

Pero experimentar en tiempos de aceleramiento escolar y ansiedades económicas parece un despropósito. “Dedícate a lo que estudiaste; no pierdas tiempo o si no serás considerado como un fracaso”. Bajo este dogma, organismos internacionales, gobiernos nacionales, think tanks y no pocos maestros y padres de familia, promueven que la educación debe ser “relevante”.

Sin embargo, las universidades públicas mexicanas, pese al control burocrático basado en la desconfianza y a los desestimulantes sistemas de “estímulos”, aun constituyen ambientes intelectuales. Aquí encontramos posturas teóricas debatibles, libertad de cátedra, expresiones artísticas, contenidos curriculares variados, despreocupación por lo inmediato y sobre todo, maestros que nos inspiran. Este ambiente también puede influir profundamente sobre la vocación.

Entonces, aparte de la experiencia, la vocación también se enriquece de influencias intelectuales, autores, determinadas corrientes del pensamiento o incluso de particulares estilo de vida. Repito: no todo lo que hacemos o elegimos es resultado de un ejercicio inteligible, ni mucho menos producto de una relevación divina.

Pero, ¿vale la pena ser maestro en estos tiempos? ¿Qué nos mueve a dedicarnos a la docencia? Ser maestro, decía Latapí, tiene afortunadamente rasgos luminosos que se descubren cuando logramos trascender las “pequeñas miserias de la cotidianidad” y podemos recuperar lo esencial. ¿Y qué significa esto? Quizás significa responder al llamado – no tan misterioso – de que todas las niñas, niños y jóvenes pueden “abrir sus inteligencias” y ser personas de bien gracias a la educación. Algo distinto al interés propio moldea nuestra vocación docente.

En su libro Lección de los maestros, George Steiner pregunta, ¿qué es lo que confiere a un hombre o a una mujer el poder para enseñar a otro ser humano? Aventuro una respuesta. Por un lado, la vocación humanista de la que hablaba Latapí y por otro, la capacidad de asombrarse y de saber aprender al enseñar. Cuando uno está frente a un grupo de niños o jóvenes se levantan más dudas que certezas. Se entra en un terreno que nos permite revisar observaciones y reformular preguntas. Sabemos, por medio de la docencia, que las cosas son más complejas de lo que puede presentar la televisión, las redes sociales o una simple charla de café. Se nos exige, como maestros, presentar argumentos de manera coherente, hallar los matices para lograr una mejor comprensión de los problemas y sobre todo, ser críticos de nuestra labor frente a la mirada perspicaz de los jóvenes de hoy.

En resumen, nos hacemos maestros por múltiples factores que rebasan por mucho la mera vocación. Este atributo, en ocasiones, no es cabalmente inteligible. Hay que experimentar y vivir abiertamente para descubrir la punta del iceberg que la constituye. En este azaroso camino podemos encontrar influencias intelectuales y personales, así como frustraciones. Pero la carrera docente posee una característica distinta al de otras profesiones: al ejercerla, estamos conscientes que podemos rebasar el interés propio para tratar de que otras personas sean capaces de “abrir sus inteligencias” y ser gente de bien. Vale la pena.

 

 

Nuestra profesora

Ahora que hace tanta falta claridad, Estela, hija de Jacinta, nos llama a pelear por que la dignidad sea patrimonio de todos.

Desde la sencillez que no mengua su aplomo, Estela Hernández indicó, en pocas palabras, el rumbo de la transformación educativa que necesitamos con urgencia. Expresó lo que ha sido incapaz, no digamos de enunciar, ni siquiera imaginar, este gobierno: “Hasta que la dignidad se haga costumbre”. Vaya claridad y contundencia.

Ese es, sí, un proyecto humano y educativo —político— que nos convoca y une. Lo dijo una profesora, una de tantas acusadas de ser causantes, así, en bola, de todos los males en el sistema escolar mexicano; colega de otros miles, a su vez indiciados, sin distingo, por los magros resultados en las mediciones, tan malas como de moda, de lo que se sabe y se es.

Hija de Jacinta, apresada tres años junto a Teresa y Alberta, es maestra. Lejos de su salón y escuela, en el auditorio del Museo de Antropología, cuando se les reconocía, casi 11 años después, inocentes del delito imputado de secuestrar policías y el vergonzoso “ustedes perdonen”, construyó, con sus palabras, un aula enorme: pupitres para todos.
Fragmentos de su voz: “El caso (de mi madre) es un simple ejemplo de tantas de las muchas arbitrariedades ilegales que cometen las autoridades. Hoy se sabe que en la cárcel no necesariamente están los delincuentes, están los pobres que no tienen dinero, los indefensos de conocimiento, los que los poderosos someten a su voluntad. Los delincuentes de mayor poder, de cuello blanco, no pisan la cárcel. A los que sólo piensan en el dinero de reparación de daños, no se preocupen: no nacimos con él ni moriremos con él.

Nuestra existencia hoy tiene que ver con nuestra solidaridad con los 43 estudiantes normalistas que nos faltan, con los miles de muertos, desaparecidos y perseguidos, con nuestros presos políticos, con mis compañeros maestros caídos, con mis compañeros cazados por defender lo que por derecho nos corresponde. Pido por ellos, porque por buscar mejores condiciones de vida y trabajo, es el trato que recibimos.

La ignorancia, el miedo no puede estar encima de nadie. Hoy queda demostrado que ser pobre, mujer e indígena, no es motivo de vergüenza. Hoy sabemos que no es necesario cometer un delito para ser desaparecido, perseguido o estar en la cárcel. Gracias a los abogados y compañeros del Centro Pro y todos los que metieron el hombro en esta causa. Hoy nos queda solidarizarnos con otras víctimas, nos queda saber que la identidad, la cultura, la conciencia, la sabiduría, la razón, la vida y la libertad, no se venden, no se negocian ni tienen precio”.

Y su discurso termina con esa frase que es, sin paradoja, el principio en que se finca: “Por los que seguimos en pie de lucha por la justicia, la libertad, la democracia y la soberanía de México, para nuestra patria, por la vida, para la humanidad, quedamos de ustedes, por siempre y para siempre, la familia Jacinta. Hasta que la dignidad se haga costumbre. Gracias”.

En nuestros tiempos, cuando un tirano amenaza al mundo y en especial a los otros que resultamos ser nosotros; en estos días, en que a la solidez de las instituciones del país la erosiona el pasmo derivado de la carencia de decoro, legitimidad y visión de Estado de quienes las ocupan; hoy, cuando amanece tan gris y las ofensas no amainan; a unos días que se presente el enésimo modelo educativo, y fluya la consabida cauda de propaganda y discursos engolados que, como alud, ya se preparan en los escritorios del poder; ahora que hace tanta falta claridad en lo que nos puede unir para salir a la calle, ha sido Estela, hija de Jacinta, de oficio profesora, la que nos llama a pelear por un espacio compartido en que la dignidad, en lugar de costar y tardar tanto en ser reconocida, sea patrimonio —costumbre— heredado de todos. No más: moneda abundante de curso común.

Aire y agua, sol de hoy y porvenir.

 

 Crónicas docentes
Si las maestras y maestros son el “factor clave para asegurar la calidad de la educación que reciben los estudiantes” (INEE), entonces se deduce que uno de los objetivos primordiales de la educación —el de acrecentar el potencial humano— reside en las personas y lo que ellas hagan con los recursos materiales y simbólicos. Aunque se regalen tabletas, libros, laptops, se vaya a Disneylandia o se instalen pizarrones electrónicos, no se  puede llegar muy lejos sin la inteligente y razonada intervención del docente. La educación es, por lo tanto, un acto profundamente humano y social y aunque esto suene redundante, no hace mal recordarlo en tiempos marcados por el materialismo.

En esta entrega quisiera comentar el resultado de una conversación con cinco profesoras de la educación básica, amigas entre ellas y que iniciaron sus actividades magisteriales hace casi 60 años. En ese tiempo quizás poco se utilizaba el término “política educativa” y no había tantas angustias con respecto a la evaluación. Además, tampoco se sabía cómo la sociedad civil podía presionar al gobierno para que éste rectificara y rindiera cuentas. Había atraso político, presidencialismo y una idea de la autoridad incuestionable, pero la sensibilidad de las maestras también estaba presente y por ello doy espacio aquí a sus voces como un reconocimiento a su claro compromiso y cariño por la niñez mexicana.

Parece haber un mantra que reza que si no tienes vocación por algo, fracasarás. Pero las vocaciones son “misteriosas”, diría Octavio Paz y además, pueden construirse por medio de diversos factores, como lo ilustran las maestras entrevistadas. A cada una de ellas, su familia, tías, un primo, amigas o papás las influyeron para optar por la carrera docente. Una de ellas, por ejemplo, no sabía qué elegir específicamente, si ser educadora o maestra hasta que llegó el consejo de Aurora Vázquez, una destacada maestra de Historia de México, quien le sugirió a una de ellas: “Mira, si te vas de educadora te verás graciosa mientras eres joven bailando con los niños, pero en cambio de maestra, tengas la edad que tengas, siempre serás la maestra”. La maestra optó por lo segundo; pues algo de tierna vanidad había en el consejo de la maestra Vázquez.

Pero una vez entrando al servicio docente, los retos no faltaron. Cuenta otra maestra que tenía un grupo en donde alrededor de 15 niñas —la escuela no era mixta— no aprendían; ¿y qué hizo? ¿le sugirió a sus padres que las llevaran al Kumón? ¿las “desahució” académicamente hablando? No; la profesora dividió el grupo de niñas con perfil no idóneo y les dijo: “las espero en mi casa a las cuatro de la tarde y vayan con un adulto que sepa leer y escribir”. Ahí, la maestra las sentaba en el comedor de su casa y le explicaba al tutor cómo tenía que enseñarles. Los papás, afirma, “le respondieron” y no les cobró “ni un solo centavo”. En agradecimiento, un jefe de familia le regaló a la maestra un cucharón de madera hecho por él mismo.

Y hablando de temas de actualidad, las maestras tocaron el tema de la disciplina de los niños y jóvenes. ¿Cómo controlar en ese tiempo la indisciplina en el salón de clases? “La disciplina escolar es resultado del trabajo escolar”, afirma con sorprendente sencillez y precisión una maestra que tuvo un grupo que se distinguía por ser inquieto y en donde “sobresalía” una chica que se especializaba en ser “desdeñosa”, pero la maestra le “exigía” y conforme pasó el tiempo, esta joven comprendió la actitud de la maestra y le agradeció hablándole por teléfono y diciéndole: “ahora en prepa me doy cuenta por qué usted era así con nosotros, sé más que todos”.

Luego, con la sinceridad que caracteriza a los buenos maestros de la escuela pública, una de las docentes cuenta que al contrario a sus amigas, ella no era “accesible”, era como su tía Aurora, de carácter fuerte y esto le redituó que siempre le asignaran los grupos de los “latosos”, “rechazados” y “problemáticos” para que ella los “compusiera”. A medida que empezó a conocerlos y a hablar con ellos para obtener mejores lugares en la competencia entre los grupos, notó que así como eran latosos, eran “muy inteligentes” y así se los hizo saber. Entonces trabajó con los muchachos para ganarle al Tercero A, que era el grupo de los niños “listos”, “ordenados” y “disciplinados”. Para el segundo bimestre, luego de estar en el fondo de las calificaciones, el grupo de las inteligencias latosas obtuvo el tercer lugar y para la evaluación del tercero y cuarto bimestre, ganaron el primero. “Lo exigente medio me sirvió”, confiesa con humildad la maestra sin quizás darse cuenta que tocó profundamente la vida y agencia de los jóvenes que rebasaron por mucho al grupo del disciplinado.

Fomentar la seguridad personal ante la evaluación y la competencia escolar fue una valiosa contribución de esta maestra, quien con sus entrañables amigas también nos corroboran que la vocación docente puede ser socialmente construida no solamente heredada o designada por ese “misterio” del que hablaba Octavio Paz, nuestro premio Nobel de literatura. Las maestras nos enseñan, asimismo, que el compromiso con el aprendizaje de las niñas y niños implica generosidad, exigencia y bondad. Para terminar estas admirables profesoras —ahora ya felizmente jubiladas— se unen para afirmar: “Siempre estábamos interesadas en mejorar, en cumplir con nuestra responsabilidad y si volviera a nacer, sería maestra”.


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