Comparto material complementario para enriquecer el debate de la sesión del 15 de noviembre de 2017.

Saludos.

Material complementario de la sesión del 15 de noviembre de 2017 del Seminario de Políticas e Innovaciones Educativas

Al investigador de escritorio
Publicado por: Pedro Flores en Opinión 13 noviembre, 2014 0 675 Visitas
En memoria de Carlos Muñoz Izquierdo

Muchas cosas he leído y pocas he vivido
.
—Jorge Luis Borges (1899-1986)

Permítanme iniciar con una anécdota. Hace algún tiempo asistí a un foro sobre educación en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. El gobernador en ese entonces era Juan José Sabines Guerrero, quien al iniciar su discurso cuestionó fuertemente a los “investigadores de escritorio” que, sin saber lo que ocurre en Chiapas, pusieron en duda los avances del estado en la prueba Enlace (Evaluación Nacional del Logro Académico en Centros Escolares).

Sabines se refería específicamente a Olac Fuentes Molinar, quien días antes, había hecho notar que eran “insostenibles” los resultados para algunos estados como en Chiapas cuyo porcentaje de jóvenes ubicados en los niveles “bueno y excelente” en el área de matemáticas para el nivel de secundaria sobrepasaron al del Distrito Federal (38.5 por ciento y 20.3 por ciento, respectivamente).

Olac Fuentes Molinar
En ese momento, Fuentes Molinar señaló que era probable que estos resultados estuvieran “inflados” y que en ello, algo tenía que ver la “intervención” de los gobiernos de los estados. La elevación de puntajes de la prueba Enlace, señaló el especialista, parecía artificial (La Jornada, 06/09/12 nota de Karina Avilés).

Como se sabe, en este sexenio, la prueba Enlace para educación básica se suspendió temporalmente debido a que como apuntan Eduardo Backhoff y Sofía Contreras, la prueba se “corrompió y sufrió una inflación en resultados debido a tres factores: la publicación de ranking de escuelas, la asociación de estímulos económicos a los docentes y la falta de control externo de su aplicación”.

¿Quién entonces se equivocó? ¿El ex gobernador Sabines al poner en duda lo que expresó, según él, un “investigador de escritorio” o el académico al hacer notar que los resultados de la prueba Enlace para Chiapas eran “insostenibles”?

Es lamentable para la vida pública de México asignar etiquetas a las personas que nos cuestionan. Como dirían, “es más fácil descalificar que refutar”. En este sentido fue que el ex gobernador de Chiapas llamó “investigador de escritorio” a Olac Fuentes. Lo que Sabines cuestiona en última instancia no es el fundamento de la crítica del académico, sino su posición. Como el especialista educativo no vive en Chiapas, ni visita las escuelas de ese estado, ni da clases ahí, no tiene —desde la perspectiva del ex gobernador— elementos para analizar ni cuestionar lo que se realiza en ese estado de la República. Este supuesto es erróneo y merece un comentario.

Los seres humanos poseemos la capacidad de comprender y analizar las cosas a pesar de no estar físicamente inmersos en determinadas situaciones. ¿O cómo les llamaría el ex gobernador Sabines a los astrónomos que lógicamente no visitan los planetas y saben cómo funciona el sistema solar?

Además, descalificar juicios y observaciones por el hecho de no vivir físicamente una experiencia revela una estrecha noción del aprendizaje. No sólo se aprende por el contacto directo con las cosas; sino también por medio del razonamiento, sensibilidad e imaginación. Y quién mejor que Julio Verne (1828-1905), el escritor francés, para ilustrar este último punto. Dice Wikipedia que Verne tuvo gran imaginación y capacidad de “anticipación lógica” que le hizo visualizar y describir objetos que en su tiempo no existían como el submarino, el helicóptero e incluso, las muñecas parlantes. ¿Cómo llegó Verne a este grado de intelección? Quizás gracias a su conocimiento científico, genio, y aguda y sensible mirada.

¿Y qué decir de nuestro compositor mexicano Agustín Lara (1897-1970), quien compuso la canción Granada sin haber visitado esa ciudad andaluza? Haber capturado la esencia de las cosas y del ambiente de España, hicieron que Lara hablara nítidamente de algo que sus ojos en realidad no habían visto. ¿Y quién dice que sólo conocemos con los ojos abiertos? “Granada, tierra soñada por mí/mi cantar se vuelve gitano cuando es para ti/mi cantar hecho de fantasía/mi cantar flor de melancolía que yo te vengo a dar”.
Pablo Latapí
Pero volviendo al tema de la educación. Recuerdo una confesión que hiciera Pablo Latapí Sarre, investigador nacional de excelencia del sistema de investigadores (SNI) y Premio Nacional de Ciencias y Artes 1996, sobre el hecho de haber dado pocas clases para tanto que hablaba de educación. En ese momento pensé si ese supuesto “alejamiento” de la vida escolar había empobrecido el pensamiento de Latapí para poder comprender la problemática educativa del país. Mi respuesta fue negativa. Hay evidencias que muestran la profundidad analítica de Latapí para conocer la realidad educativa de México y ese pensamiento, además, tuvo una fuerte influencia en el desarrollo de las políticas educativas del país.

Entonces, llamar “investigador de escritorio” a los académicos que nos dedicamos a pensar los problemas educativos del país suena, por un lado, despectivo y por otro, es erróneo. Para poder comprender los fenómenos educativos y sociales no necesariamente tenemos que estar físicamente involucrados en actividades prácticas y diarias, pues existen diversas formas de aprender, conocer y saber. “En el relato escrito la acción sucede en mi interior”, diría José Emilio Pacheco.

Esto no es para sustentar que los investigadores debemos despegarnos de la realidad o despreciar los distintos planos de actuación en donde la política educativa se concreta. Proclamar la dicotomía o superioridad de una función (pensar) sobre otra (actuar) es tan equivocado como querer visitar al sol para saber que su superficie arde a casi cinco mil grados centígrados.

Profesor de la Universidad Autónoma de Querétaro (FCPyS).

¿Somos lo que investigamos?
Publicado por: Pedro Flores en Opinión 19 febrero, 2015 0 1,099 Visitas

A Alejandro Márquez y Roberto Rodríguez, verdaderos amigos académicos.

Una estudiante me hizo notar que varios colegas académicos analizaban y convertían sus preocupaciones de vida más visibles en temas de investigación e incluso, en sus tesis de posgrado. Con esta observación en mente, ociosamente, nos dimos a la tarea de buscar ejemplos que corroboraran la supuesta relación entre vida o existencia e interés científico. ¿Soy realmente lo que investigo? Al recordar que George Orwell decía que Charles Darwin (1809-1882) se había vuelto biólogo porque amaba a los animales, corroboré la observación de mi perspicaz e inteligente discípula. El destacado naturalista inglés y promotor de la teoría de la evolución había sido un “caballero campirano”.

Pero una vez habiendo verificado esta idea, empezamos a indagar el otro lado de la moneda y tristemente nos dimos cuenta de que había personajes que, por ejemplo, escribían y hablaban profusamente sobre equidad, igualdad y valores pero que en su vida y desenvolvimiento diario mostraban avaricia, soberbia y arbitrariedad al grado de vetar a otros colegas por mero prejuicio, interés o antipatía personal. La equidad para ellos era entonces puro discurso o una “buena” idea teórica…mientras no tambalees sus proyectos y ambiciones personales.
  
El tercer episodio de nuestras reflexiones fue preguntar si se puede llegar a una mejor intelección de los problemas cuando realmente “vivimos” y sentimos de manera genuina una causa como la equidad o la igualdad. Creo que hay varias posibilidades para responder a esta pregunta. La primera es aquélla que partir de un hecho real, se intuyen ideas que en el futuro pueden madurar para formar parte de un esquema analítico de mayor envergadura. En este sentido, recuerdo el caso de Kader Mia narrado por Amartya Sen en su libro Desarrollo como libertad.

Kader Mia era un musulmán que para poder trabajar y tener un ingreso mínimo tenía que atravesar el barrio Hindú en tiempos de fuertes conflictos entre ambas religiones. Aunque la esposa de Mia le había advertido que no atravesara el barrio hindú por el peligro que representaba, él sabía que no tenía alternativa pues su familia no tenía para comer. Esto le costó la vida a Mia. Fue acuchillado por la espalda. A partir de este caso, Sen, al cabo del tiempo, señaló que la precariedad económica puede estar fuertemente ligada con otro tipo de “anti-libertades” como el hecho de no poder caminar libremente por el barrio hindú al poseer una identidad distinta —y proscrita— por la mayoría. De éste y otros casos reales, el premio Nobel de economía 1998 se inspiró para discutir las implicaciones de la identidad en el análisis social y en el desarrollo humano.

Entonces, tenemos hasta aquí al menos tres posibilidades para indagar si “soy lo que investigo”. Primero, cuando ligo mis actividades a un tema de investigación, segundo, cuando hay incongruencia entre el proceder del académico y lo que expresa públicamente en sus investigaciones y tercero, cuando se observa la realidad con agudeza y luego se proponen elementos analíticos o teóricos.

Pero detengámonos en el segundo caso, el de la incongruencia. Cuando por un lado escribo y hablo públicamente de una cosa, pero por otro actúo absolutamente distinto, ¿pierde credibilidad mi obra académica? ¿El código de la ciencia no puede penetrar la actividad diaria y personal? ¿Y cuál es ese código científico? Pérez Tamayo sugiere que para hacer ciencia se necesitan al menos ciertas reglas tales como no decir mentiras, ocultar verdades o apartarnos de la realidad. La mentira, prosigue el médico y miembro del Colegio Nacional, “es evitable y está proscrita en la ciencia, como no lo está en otras actividades humanas, como las relaciones amorosas, la publicidad y sobre todo la política”.

¿Es la vida vivida del académico completamente diferente a su labor científica? Sobre este punto, recuerdo —también gracias al texto de Ruy Pérez Tamayo— una observación de Albert Einstein: “Si quieren averiguar algo sobre los métodos que usan los físicos teóricos, les aconsejo que observen rigurosamente un principio: no escuchen lo que ellos dicen, sino más bien fijen su atención en lo que ellos hacen”.

Academia y realidad: El diálogo continúa
Publicado por: Pedro Flores en Opinión 27 febrero, 2015 0 513 Visitas

A raíz de mi artículo, ¿Somos lo que investigamos? (varios lectores me escribieron para hacerme algunas observaciones. En correspondencia a su atenta y crítica lectura, quisiera ahora responder y aclarar algunos puntos sobre la idea de ligar la existencia con el trabajo académico.

Como esperaba, lo que más atrajo la atención fue la falta de correspondencia entre lo que públicamente expresamos los académicos y lo que en verdad hacemos. Pero esta incongruencia, bien lo hicieron notar los colegas, es más visible en aquellos investigadores que elegimos estudiar temas como el de la equidad, igualdad, justicia, democracia o valores. Hay, por el contrario, casos en que es muy difícil demostrar lo que soy por medio de lo que investigo y esta dificultad la ejemplifica con ingenio una colega al preguntarme por twitter: ¿[a poco] “los que estudian la antimateria tienen crisis de identidad?”.

La aclaración anterior nos pone a reflexionar sobre cuál es el nivel de responsabilidad y ética del investigador social en comparación con otro tipo de científicos cuyas áreas de especialización no los exponen a caer en tantas y tan frecuentes contradicciones. Quizás al elegir un tema de investigación como la justicia o la equidad nos allegamos —de manera inexorable— de una responsabilidad con el otro, la cual es fácilmente observable y verificable. Al actuar mostramos esa ética o responsabilidad.

En este tenor, otro amigo afirma que “nuestras acciones muestran, de mejor manera, lo que en realidad somos” y sentencia que “a la larga, terminaremos pensando como actuamos, o actuando como pensamos”. Este destacado especialista educativo va más allá y con su conocimiento de distintas cosas me cuenta que Jesús, refiriéndose a sus “adversarios políticos”, los fariseos, célebres por su hipocresía, aconsejaba: haced lo que os dicen, pero no hagáis lo que ellos hacen. Quizá, remata mi amigo-lector, “es de sabios la capacidad de trascender el mal ejemplo”.

Como vemos, hasta aquí hemos repasado dos puntos que no consideré en mi anterior entrega. Primero, que no en todos los casos podemos verificar las incongruencias de los investigadores, y segundo, parece que nuestras acciones nos revelan y dan a conocer mejor o en mayor grado de lo que podemos expresar en una conferencia o en un artículo publicado. Aunado a esto, hay otro punto que quisiera mencionar y que gracias al diálogo con los lectores de Campus pude formular.

¿Por qué los académicos caemos en tantas incongruencias si supuestamente hemos aprendido —y quizás hasta enseñado— un código científico? Una experimentada colega en temas de historia y género me comentó que la vida diaria es muy compleja y que muchas veces las “cargas culturales” pesan demasiado frente a nuestros encuadres teóricos; pero esto no significa, aclara, que dejemos de lado la conciencia para tratar de ser congruentes. Con sensatez, esta profesora piensa que una cosa es un “desliz” en nuestro comportamiento como académicos y otra muy diferente es la “mentira sistemática”, pues ello, dice, implica una intencionalidad y esto sí marca una escisión entre el ser académico y el ser personal.

Otra posible respuesta a la pregunta de por qué el académico está tan expuesto a ser contradictorio —y perder credibilidad— tiene que ver con la pretensión de caminar los terrenos de la política y llegar a privilegiar esa actividad por sobre el código intelectual. Recordemos que Ruy Pérez Tamayo, el eminente miembro del Colegio Nacional, afirma que la mentira “es evitable y está proscrita en la ciencia”, pero no en otras actividades humanas como la política. Entonces, ¿bajo qué circunstancias el académico debe actuar más como un político que como un trabador del intelecto? ¿Qué formas toma el poder dentro de la academia que nos empuja a apartarnos de nuestra función primordial? Creo que estas preguntas son más adecuadas que sugerir que existe por un lado, el “científico” y por el otro, el “político”. Al final de cuentas, la existencia humana es plural, compleja y sujeta a nuestros propios razonamientos, crítica y conciencia. La academia se alimenta de realidad.

Hacer pública la investigación educativa
Publicado por: Pedro Flores en Opinión 14 abril, 2016 1 Comentario 147 Visitas

Al cumplir 100 años de existencia, la Asociación Americana de Investigación Educativa (AERA, por sus siglas en inglés) eligió como tema de su congreso anual: “Academia pública para formar democracias diversas”. Por el momento que atraviesa México, llama mucho la atención el énfasis puesto en el uso práctico del conocimiento para el fortalecimiento de la democracia y la pluralidad.

Sí, dirían algunos, pero “no podemos compararnos con países como Estados Unidos porque nuestra cultura es muy diferente”. Comparto en parte esta opinión. La AERA le lleva a su homólogo, el Consejo Mexicano de Investigación Educativa (Comie), nada más y nada menos que 77 años de diferencia.

Pero más sorprendente que las diferencias, son las similitudes. Me explico. En las poquísimas sesiones a las que pude asistir durante el congreso —hubo en total 2,800 sesiones en cuatro días—, se observaron problemas comunes. Por ejemplo, diversos estudios de los colegas extranjeros confirman la “subjetividad” que tienen los maestros cuando les hablan del “desarrollo de las competencias”. ¿Suena extraño esto en las escuelas de nuestro país? No creo.

Sobre el tema de la profesionalización docente, parece que formamos una amplia comunidad global al compartir los mismos problemas. Gracias a las sesiones organizadas por la World Education Research Association (WERA), nos enteramos que en la República de Ghana, existe una terrible brecha entre las unidades de evaluación y los profesores. ¡Eureka!

Fue también relevador conocer que en Jamaica —como en México–, los mentores invierten gran cantidad de su tiempo tratando de controlar a los grupos. Los temas de violencia y disciplina son también relevantes para las comunidades escolares del país que vio nacer a Bob Marley y Usain Bolt, “el hombre más rápido del mundo”.

Asimismo, cuando se habla de reformas universitarias en el vecino país del norte, los colegas estadounidenses se dicen preocupados por las relaciones entre el Gobierno Federal y los de los estados debido a que todo indica que “la política prevalece sobre la academia”. Pocos lectores de Campus se sorprenderían al leer este hallazgo.

Pero entonces, ¿en qué realmente nos diferenciamos los investigadores mexicanos de nuestras contrapartes estadounidenses? En primer lugar y como lo dije arriba, en el tiempo que llevan pensando los problemas de las escuelas y del sistema educativo.

Fue también en 1916 que, aparte de nacer la AERA, John Dewey, el notable filósofo y pedagogo publica su clásico libro Democracia y educación. Una introducción a la filosofía educativa. Dewey, vale la pena recordar, fue precursor de la corriente filosófica del pragmatismo que a grandes rasgos, sostiene que las ideas son válidas en la medida que tienen utilidad.
  
Dewey resonó fuertemente en la conferencia de Jeannie Oakes, mujer presidente de la AERA. De pie y sin “mesa de honor” o enflorado presídium, Oakes hizo un elegante repaso de la asociación al cumplir 100 años. Habló de la necesidad de reconocer lo que la AERA ha hecho en términos de acumulación del conocimiento, pero eso no basta, dijo: hay que presionar a nuestras organizaciones para que hagan la investigación más pública y con ello encaminarse hacia una democracia más justa y equitativa.

Ya sabemos, prosiguió Oakes, que los factores internos y externos de la escuela se combinan para crear desigualdades, hemos avanzado mucho en la psicometría y en la medición del cumplimiento de los derechos, sabemos más sobre cómo aprenden los niños; en resumen, tenemos preguntas renovadas y mejores métodos, pero también se necesita que los “intelectuales” —así lo dijo— intervengan públicamente y no sólo den recetas. Esto implica que sin sentirnos “supermanes”, hagamos más accesibles los resultados de nuestras investigaciones para un mundo real. No puedo estar más de acuerdo con Oakes, porque en ese mundo es que existen personas, mayormente niñas y niños, que enfrentan pronunciadas e injustificables desigualdades. Una genuina preocupación por la inequidad es otra cosa que creo compartimos con la investigación educativa de los Estados Unidos. Pero, ¿compartiremos también la inteligencia pragmática para tratar de contrarrestarla?

En 1991, la AERA tomó una posición clara sobre los sistemas de rendición de cuentas basados en exámenes estandarizados (test-based accountability) y en 1995, su Consejo Directivo confirmó su carácter promotor (advocacy) y votó para que la AERA pudiera manifestarse sobre cualquier tema social siempre y cuando estuviera relacionado con la educación y la discriminación. Pero para hacer pública la investigación hay que tener público.  Sin temor, en 2005, la AERA acordó que los estudiantes de posgrado votaran en las elecciones de la asociación. La membresía actual de la AERA llega a más de 25,000 afiliados.

Pero, curiosamente, en 1941 el número de afiliados apenas rebasaba los 500, el cual es la cantidad aproximada de afiliados que actualmente posee el Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE). ¿Al constituirnos como una élite hemos desarrollado una investigación educativa de más alta calidad que la desarrollada por los colegas estadounidenses? ¿Hemos sido más eficientes en la resolución de los problemas educativos? Preguntas que permanecen abiertas y que tienden a cuestionar nuestra labor académica.
  
Postcríptum. Un joven mexicano, Santiago Rincón-Gallardo, ganó el premio como “académico promisorio” del Grupo de Cambio Educativo de la AERA. Muy merecido el reconocimiento. ¡Felicidades¡

¿Para qué construir indicadores de investigación educativa?


En los distintos ámbitos de la vida, los indicadores son útiles. Si usted quiere saber si salud avanza o retrocede, hágase un estudio clínico y tendrá un referente de algunos componentes (azúcar, colesterol) que indican si está sano o enfermo.

En el ámbito económico, también existen indicadores que muestran si vamos por mal o buen camino. Por ejemplo, si hay un aumento generalizado y continuo de los precios en bienes y servicios, decimos que la inflación es alta. Para resolver esta situación se elevan las tasas de interés con lo que se pretende desincentivar el consumo y equilibrar la demanda de productos con la oferta. Los indicadores, por lo tanto, sirven para tomar algunas decisiones de política.

En el sector educativo también contamos con referentes para saber si estamos acercándonos a los umbrales de calidad planteados. Aunque la Secretaría de Educación Pública (SEP) genera sus propios indicadores (deserción, cobertura y reprobación), es el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) el encargado de publicar, desde 2004, el denso y útil Panorama Educativo de México.

El Panorama contiene indicadores sobre la estructura del sistema educativo, sus actores y recursos, el acceso y trayectorias de los estudiantes, los procesos educativos y de gestión, los resultados educativos y del contexto social donde operan las escuelas. Al realizarlo un organismo autónomo e independiente como el INEE, se espera que la información presentada coincida – o no – con la reportada por la SEP. No olvidemos que siempre hay la tentación de presentar cuentas alegres desde el gobierno. El INEE está entonces para combatir la “verdad oficial” con fundamento técnico.

La actividad científica, por otro lado, no está exenta de la medición. El Foro Consultivo Científico y Tecnológico de México ha expresado que uno de los insumos más importantes para monitorear las actividades de investigación y para formular políticas en esta materia es construir indicadores sobre el gasto en investigación, número de investigadores o número de artículos publicados y patentes, entre otros (Guadarrama y Manzano, 2016).

Por algunas iniciativas de organismos internacionales, pareciera que a la investigación educativa (IE) le llegó la hora de su monitoreo. En el marco de la reunión anual de la Asociación Americana de Investigación Educativa (AERA), nos reunimos varios colegas a discutir la pertinencia de tener indicadores científicos que pudieran dar cuenta del avance de la IE a nivel mundial. Se partió del supuesto de que, a la fecha, es poca la información que se ha recolectado de manera sistemática en algunos países. Además, se dijo, los indicadores de investigación educativa varían considerablemente entre países y no se sabe qué miden.

Stéphan Vincent-Lacrin, del Centro sobre Investigación Educativa e Innovación de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (CERI-OCDE), hizo una espléndida presentación donde mostró datos por país sobre el gasto en investigación educativa – y donde, por cierto, no apareció México – y sobre el número de artículos científicos publicados en este campo. Ahí nos enteramos que la tasa de crecimiento anual en el número de artículos publicados de 1996 a 2003 en nuestro país fue de 15, lo que nos coloca cinco puntos por arriba del promedio de la OCDE. Parece entonces que va en ascenso la publicación del artículo científico en México.

Pero el número de artículos publicados en revistas científicas no debe ser el único referente para valorar el avance de la investigación educativa. Los participantes en el panel fueron enfáticos y sugirieron analizar de manera sistemática la formación de nuevos doctores aunque aquí apareció una salvedad. Dadas las recientes políticas de profesionalización docente, en algunos de nuestros países no es raro hallar un número creciente de maestros de educación básica buscando ser doctores. La pregunta es cuántos de ellos pasan a ser investigadores y cuántos permanecen al frente de un grupo o en la escuela. Habrá entonces que detectar y reconocer las distintas trayectorias de los nuevos doctores en investigación educativa.

Otro comentario fue tener más claro para qué queremos construir indicadores de investigación educativa (IE), es decir, cuál es el referente normativo o conceptual al desarrollar estas mediciones. ¿Acaso lo que queremos con estos indicadores es reflexionar sobre lo realizado en el campo de la IE? En este sentido, ¿será verdad que está directamente relacionado un mayor nivel de inversión pública con un desarrollo científico prominente? ¿Entre más dinero más y mejor pensamiento? ¿O más bien lo que queremos es valorar y cuestionar la calidad de la IE de México? ¿Será esto posible por medio de los indicadores?

Gracias a la estimulante discusión en el panel, quedo flotando una pregunta que habrá que retomar en encuentros futuros: ¿será posible capturar una dimensión cualitativa del avance científico en nuestros países por medio de referentes cuantitativos? Creo que éste es precisamente el reto. Para enfrentarlo, el Consejo Mexicano de Investigación Educativa (Comie) podría tomar una posición más clara al respecto y proponer la elaboración de un informe sobre la calidad de la IE en el país con datos válidos y actuales que generen discusiones colectivas sobre nuestro quehacer científico. Un documento de este tipo podría contribuir a tener una interlocución más abierta y fundamentada con la SEP, con el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), con los gobiernos de los estados y con la amplia comunidad científica del país.

Así como en el campo de la salud personal y de la economía, en el campo de la investigación educativa se requiere tomar mejores decisiones con base en los datos, el razonamiento y la reflexión.



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